Cuando Rodrigo Hernández marcó el tercer gol de España en 38 minutos, a Luis Enrique sólo le salió de dentro sonreír sin moverse del asiento, evitando cualquier gesto de euforia, por mucho que la situación invitara a ello. El seleccionador había abierto la maleta ayer en Sevilla y había elegido por ponerse una camiseta de la gira World Wide Blitz Tour, que en 1981 llevó a cabo el grupo británico de heavy metalJudas Priest. Y, como una alegoría, eso era lo que estaba suciendo en el terreno de juego, un bombardeo de agresivos acordes que incluía incluso dos goles de córner, algo que no ocurría en España desde 2001. ¡Y además contra Alemania!

Era pues Luis Enrique un hombre más satisfecho que eufórico, gustosamente contemplativo de la que hasta ahora es su obra más completa al frente del combinado nacional -y costará mejorarla algún día-. Pero ya se sabe que la felicidad rara vez es completa y al entrenador asturiano le vinieron los disgustos en forma de manos al muslo. Primero la de Sergio Canales, a los 10 minutos de encuentro; después, la de Sergio Ramos, justo antes del descanso. Lesiones que empañan, aunque sea ligeramente, el descomunal colofón de España a este último parón internacional de 2020. La siguiente cita para el combinado nacional será el 24 o el 25 de marzo, en el primer partido de la clasificación para el Mundial 2022, fase que se sorteará en diciembre.

Para entonces, Ramos volverá a ser protagonista, como lo ha sido en esta concentración. Ante Holanda, por salir al final del partido para acumular una internacionalidad más; ante Suiza, por superar a Buffon en ese apartado; el lunes por su decisión de no hablar en rueda de prensa para cuidar su proceso de renovación; y ayer por la lesión que sufrió en el tramo final de la primera parte.