Poco antes de que echara a andar la Champions en el Metropolitano, los chicos del Salzburgo contemplaban el estadio vacío como si no hubieran roto un plato en su vida. En realidad, en Europa nunca lo han hecho. Son un grupo de jóvenes sin miedo a nada, pero que tampoco transita por el continente dispuesto a vender su alma a cualquier precio. Debe de ser el espíritu Red Bull, que a ellos, como a su hermano mayor, el Leipzig, reciente guillotina del Atlético, les da alas. Y vaya que si se las dio anoche. Los rojiblancos llegaron a temer por su destino en varias ocasiones. Entonces apareció Joao Félix, destinado a cosas como éstas, y la noche pudo despejarse. [Narración y estadísticas (3-2)]

No hubo jugador del Atlético que tuviera un par de segundos para pensar. Al menor descuido, la guadaña de algún futbolista austriaco andaba presta a guardarse el balón en el bolsillo para lanzar la tormenta. Un poco así se explica el gol de Dominik Szoboszlai. A Héctor Herrera, que suele necesitar su tiempo para ver la jugada, le leyeron las intenciones en las salida del balón y el asunto acabó con el gol visitante. El quinto en dos partidos. Aún llegaría otro más. Jan Oblak poco pudo hacer ante semejante cañonazo a quemarropa.

Valga esto para subrayar que para ganar al Salzburgo, a pesar de su discreto pedigrí, no basta con unas pinceladas de calidad. Hay que ponerle unos cuantos brochazos de energía. Y de eso, de energía, anda sobrado Marcos Llorente. Él es ahora mismo el medio de transporte más rápido y fiable para su equipo.